La tenue luz de una habitación con las persianas bajadas deja ver solo a medias dos sonrisas inocentes. Pero no es suficiente luz para percibir que ella tiembla ligeramente, no tiene frío, no tiene miedo, no tiene más que unas ganas terribles de besarle.
El escaso metro que les separa desaparece cuando él le tiende la mano. Enlazan los dedos de la mano y se acercan. Con la mano libre, ella le rodea el cuello, y él la cintura. Se quedan a escasos dos centímetros él de ella. Un solo movimiento y sus labios se toparían, pero no tienen prisa, se quedan así, suspendidos en un beso inminente, cruzando la mirada con complicidad.
Una leve música llega de fuera, y les hace sonreír. Deshacen el lazo que une las manos de él con las de ellas. Se acaban de rodear y crean dos mundos. Ellos allí, uno entre los brazo de el otro y el mundo, todo lo demás, fuera de esa pequeña perfección. Empiezan a moverse despacio, al compás de esa canción que les dicta bailar pegados, corazón con corazón.
Lamentablemente, la canción termina y allí la clase de baile.
Se sientan en la cama y el beso que tienen pendiente tiene lugar, una y otra vez. Se besan despacio, se besan deprisa, se besan la cara, se besan el cuello.Se dan cuenta de una cosa, la ropa empieza a sobrar. Ambas camisetas terminan a los pies de la cama. Él se tumba y ella comienza a acariciarle. Pasa suavemente los dedos por sus brazos, por su pecho, por su tripa, nota como se estremece y sonríe con los ojos cerrados. Se acerca y le besa suavemente, tumbándose con él.
Se miran, no se dicen nada, no hace falta. Quieren tenerse cerca, lo más cerca posible, que entre ellos no quepa ni un suspiro. Él la maneja, la acaba de tumbar y la rodea con los brazos, con las piernas. Con una mano le quita el pelo de la cara, con la otra la acerca. Ella sigue su ejemplo y abre las manos en su espalda, grande, protectora. Sube una de ellas y la posa en su nuca para acercarlo aún más.
Ella separa momentaneamente sus labios de los de él y se acerca a su oído, cuando puede llegar a rozarlo con los labios, le susurra eso que ya es evidente, pero que jamás se cansará de decirle, eso que él le pidió que algún día fuese lo primero que escuchase al despertarse, eso que ella querría decirle cada madrugada, "te quiero".
Ya se puede acabar el mundo, juntarse el cielo con la tierra, que a ellos les da igual. Nada del mundo vale más que estar ahí, en su pequeño universo, donde solo existen él y ella.


